René
Ya cae la noche. El viejo reloj que viste la pared me recuerda que son las 5 a.m. Mientras el mundo duerme yo suelo escribir... Estuve sentado frente al piano... jugué con el teclado un par de minutos. Ya comienzan a revolotear sobre mis oídos los primeros trinos de uno que otro zorzal, tal vez gorriones en lo alto de las malogradas palmeras que visten el antejardín. Pilar (mi esposa) duerme. Daniela (esta hija mía que no lleva mis genes) debe estar bailando en algún lugar de la ciudad con su grupo de amigos. Sigo creyendo que la diversión, los amores y los sueños debieran abrazar toda adolescencia. Recuerdo que fui buen alumno y poco y nada me sirvió en la vida. Lo único que conseguí fue una sobre dosis de inútil y extrema responsabilidad a tal punto de convertirse en perniciosa. Estudié Ingeniería Civil Informática. Cuando cursé quinto año suspendí estudios, me casé y me refugié aquí en la montaña... creo que siempre me sentí ajeno al mundo de pavimento y las estridencias de la ciudad. Cuando cumplí 16 años me diagnosticaron Lupus Eritematoso. Recuerdo que el impacto me sepultó en vida por muchos años. Culpé al destino y a los demás de mis propios dolores. Tiempo después, cuando cumplía 18 intenté suicidarme. La montaña me enseñó a reconciliarme con la vida. También con sus crudezas... Aquí uno se enfrenta cara a cara con Dios. La montaña no le permite a uno evadir su vida. Siempre se esta alerta, vivo. Aquí uno comprende que la espiritualidad no requiere de ritos ni de religiones, sólo del contacto con lo más profundo de uno mismo, con lo esencial de la naturaleza humana. Hoy me siento más viejo, un tanto cansado a veces, pero comprendo perfectamente bien que sólo uno es responsable de lo que hace con su vida. Con más de cuatro décadas sobre mis hombros siento que fui cuerdo y responsable, también anárquico, viví locuras y cometí una infinidad de errores... pero ¡viví!. Mientras escribo recuerdo que en un momento no imaginé siquiera abrazar las tres décadas. Soy búho... vivo más de noche que de día. Opté por una vida muy disímil a la mayoría. Opté por la magia de la noche y sus secretos, por la divinidad de la montaña, por el lenguaje del silencio, por las señales del corazón. Siento que nadie está errado en sus opciones. Todos caminamos ignorantes a través de la vida. Creo que mi reloj se detuvo en la lejanía de la montaña, porque aquí tenía mucho que aprender. Se despide un lobo estepario, pero agradecido de la montaña y dispuesto a compartir su magia con todos aquellos que en algún momento se hayan sentido a la deriva.
RENÉ
http://escritosrene.blogspirit.com/
